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Montilla llega demasiado tarde. Llucia Ramis

arcoatlantico | 24 Diciembre, 2006 11:18

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Montilla llega demasiado tarde

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Llucia Ramis i Laloux

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"A toro pasado": Artículos publicados en el Mundo de Barcelona en la pasada campaña de las elecciones catalanas

Montilla llega demasiado tarde 

La tarde cae apacible en la Plaça de la Vila de Santa Coloma de Gramenet. Los niños juegan a fútbol, sus abuelos se sientan en los bancos. Nadie se espera la visita sorpresa que recibirán a las seis.


Son las cinco y media, pero el reloj dibujado en el ayuntamiento también dibujado que cubre el otro ayuntamiento que está en obras marca las cuatro. Un hombre se queda embelesado ante la obra pictórica del papel cartón y comenta: «¿Has visto qué bonito lo han dejado? Cómo se nota que hay dinero». Añade luego: «74.000 euros al año nos cuesta cada conseller». Hijo del sereno de Santa Coloma, padre de un chico que trabaja en una central nuclear, el hombre tiene casi 70 años. «¿Te imaginas la cantidad de senos, cosenos, tangenciales y factores alfa que tendríamos que dominar para cobrar el sueldo de Manuela de Madre?», pregunta. Personalmente, todavía no he abierto la boca. O mejor, no logro cerrarla.


El hombre, gafas gastadas y mostacho, votaría a CiU si Duran Lleida estuviera a la cabeza, brillante: «Me parece mucho más político que Mas». Artur Menos le cae mal, por soberbio. Cuando le comunico que en breve llegará José Montilla a la plaza, me pregunta por qué lado, para irse por el contrario. Y lo hace por el izquierdo. Antes, suelta: «Los políticos son como los vendedores de mercadillo, con perdón de los vendedores de mercadillo».

Son las seis menos cuarto -las cuatro en el reloj pintado del ayuntamiento-, y me acerco a un grupo de personas que parecen estar esperando algo, o a alguien, imagino a quién. Cuál no es mi sorpresa cuando entre ellos descubro a Caterina Mieras, una mujer esperanzada o la mujer coraje o una ingenua; es de las que piensan que para recuperar su cargo como consellera nunca es demasiado tarde. Sobre todo con un President sin más estudios que los que él Fomenta.

A su lado, la señora Teresa tiene muy claro por qué votará a Montilla: «Porque es todo lo que esperamos de un President».Y no añade nada. Antes de sacar conclusiones precipitadas, supongo que se refiere a la imagen gris férrea con la que aparece en los carteles. Bernardino, de 35 años, lo confirma: «Montilla no es muy parlanchín, y su silencio es la prueba de que es un hombre inteligente». Extraño resulta entonces que la fotografía con la que hace propaganda se corte justo a la altura de su frente, por donde imagino que piensa.

Tal vez la apreciación de Bernardino fuera más dirigida al eslogan. Ese «Fets, no paraules» parece excusar que Tío Pepe hable poco. Creo, sin embargo, que la opción por esta frase es un modo de evitar la pregunta sobre en qué lengua irían esas palabras, si se pronunciaran. Es más. Como son ya las seis y cinco y me aburro -las cuatro en el reloj pintado del ayuntamiento-, me pongo filosófica y me digo: ¿cómo aceptar un candidato que ya desde el propio cartel dice que no da su palabra? Sólo hechos.

Llega Manuela de Madre, tan alegre como guapa. «Es que a mí esto de las elecciones me pone mucho», confiesa. Se agarra del brazo de Mieras y entran juntas en el ayuntamiento de papel cartón como Manola y Cati por su casa.

A las puertas se quedan los fieles simpatizantes del PSC, cuyo número va menguando con la temperatura. Uno de ellos comenta en voz alta algo que ha oído en la radio: «Montilla abandonó una entrevista que le hicieron en un diario». Le pregunto si le parece bien. «Claro, tú no sabes qué tipo de preguntas le hacían». Le pregunto si le parece bien que se pueda hacer cualquier pregunta a un político. «Claro, siempre que el periodista se atenga a las consecuencias». Esto parece un cuestionario de la Dirección General de Tráfico, con sus correspondientes enunciados trampa.

Son las seis y media -las cuatro en el reloj pintado del ayuntamiento-, y Montilla sigue sin llegar. Nos comunican que Duran Lleida se le ha adelantado en el programa de Justo Molinero sin que se le haya movido un pelo. Vaya, si Duran va por delante, también puede llegar lejos. Muy lejos. Allí donde le manden desde el Ministerio de Exteriores. Por ejemplo.

Tal vez Montilla lo mandaría a otra parte, pero el caso es que de momento no le manda a nadie. Son las siete menos diez, y llega su coche, un Volkswagen Passat. Dentro sólo va el chófer. Para cuando nos damos cuenta, Tío Pepe está saludando a los ancianos del banco. Como buen político, ha llegado por la espalda y en absoluto sigilo. Ya en la plaza del ayuntamiento, se deja besar por las señoras, se agacha para besar a los niños, y reparte caricias a cantidades industriales; de pequeña y mediana empresa. Más de uno mira el reloj, suspicaz. Son las siete menos tres minutos. Como siempre, las cuatro en el reloj del ayuntamiento. Que a Montilla, como excusa, ahora le va que ni pintado.  

Camping Gas, El Mundo, 17/10/2006

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